Durante décadas, la electricidad fue algo distante. Llegaba a la casa, funcionaba y listo. No sabíamos cómo se producía ni qué pasaba antes del enchufe.
Hoy, eso está cambiando.
La tecnología ha transformado la forma en que las personas se relacionan con la energía. Ya no es solo consumo pasivo. Es monitoreo, información, control y decisión.
Cada vez más hogares pueden ver cuánta energía usan, cuándo la usan y cómo se comporta su consumo a lo largo del día. Algo impensado hace algunos años.
Este avance no es solo técnico. Es cultural. Porque cuando las personas entienden cómo funciona algo, también cambian la forma en que lo valoran.
La energía deja de ser invisible y se vuelve parte consciente de la vida cotidiana. Se conversa, se entiende y se gestiona.
Ese cambio marca una transición importante hacia un modelo más moderno, donde la tecnología no solo facilita la vida, sino que entrega herramientas para tomar mejores decisiones.