Hay gastos que se revisan con atención y otros que simplemente se aceptan. La cuenta de la luz pertenece a este último grupo.
Llega todos los meses con una regularidad que la vuelve invisible. Se paga casi sin mirar, como parte de una lista de obligaciones que no se discuten.
El problema de esa normalización es que oculta el impacto real del gasto.
Mes a mes, el monto parece razonable. Pero pocas personas se detienen a sumar cuánto representa en diez, quince o veinte años. Cuando ese cálculo se hace, el resultado sorprende.
No porque el pago mensual sea excesivo, sino porque la acumulación es enorme y no deja nada a cambio.
La electricidad no se transforma en patrimonio. No aumenta el valor del hogar. No genera retorno. Simplemente se consume y desaparece.
Y aun así, rara vez se analiza con la misma lógica que otros gastos importantes.
Parte del problema es cultural. Durante mucho tiempo, la electricidad fue vista como algo que no se podía cambiar. Algo que simplemente se pagaba.
Pero cuando un gasto es constante y de largo plazo, merece al menos una revisión.
No se trata de cambiar por cambiar. Se trata de entender. De mirar con perspectiva. De dejar de normalizar algo solo porque siempre fue así.
Cuestionar no implica tomar una decisión inmediata. Implica abrir una conversación que durante años estuvo cerrada.
Y muchas veces, ese primer cuestionamiento es el inicio de un cambio más profundo.